sábado, 17 de agosto de 2019

Nunca dejes de hacerlo. (Suposiciones tras la batalla).



Supongo que vuelvo cada vez que te recuerdo, cada vez que necesito curarme de estos tiempos difíciles en los que se hace ayuno de cosas tan indispensables como es hablar del amor, donde se finge ser lo que queríamos aquellos días que hablábamos de sueños y grandes propósitos y que puede llegáramos a rozar con los dedos pero nunca alcanzamos cumplir... supongo que mi reino sigue siendo ese pequeño refugio en el que descansar tras las batallas.

Vuelvo a quedarme con preguntas... 

Estoy sentada muy cerca del río donde solíamos bañarnos desnudos, ese en el que aprendí a dejar a la orilla vergüenzas y temores producto de la inocencia y que tú supiste quitarme con palabras y besos por allá en un mes del año donde empiezan a salir mil flores y se llenan los días azules de enormes nubes blancas que inundan el cielo y no es otro más que finales de Abril. Recuerdo muchas de las que me decías, las que me hacían ruborizar, las que ensanchaban el pecho produciendo felicidad, las que se enroscaban con sutileza desde el hombro hasta la oreja para terminar posándose en mi boca y me hacían corresponderte con un viaje de tu boca al hombro y desde allí hasta tu muñeca para luego meter mi cara entre tus manos y sentirme tan protegida que hacía inevitable el no querer irme nunca. Lo fácil que resultaba entonces decir que nos queríamos, lo fácil que resultaba escapar del mundo y sentir, tan sólo sentir  ... me pareciera estar oliendo ahora recordando, el aroma de las margaritas, esas que tras el baño arrancabas mientras me secaba el pelo tumbada en la hierba, para decorar mi alfombra negra de amarillos y blancos a la vez que te oía contarme deseos, deseos igual demasiado bellos pero que nunca pensabas se dejarían sin poder cumplir. Siempre te gustó lo de enredarme flores en el pelo.

Hoy me quedo con dos preguntas, supongo que la añoranza, las prisas, siempre las prisas, el dar por sentado muchas veces y callarnos, o simplemente el cansancio, nos pierde entre todo aquello que no queríamos ser. Nos convierte en otros y yo famélica de palabras tiernas me vengo a mi río a bañarme y floto, como si estuviera muerta, abro despacio los ojos al cielo y me pregunto;

¿A caso te quedaste sin tiempo que ya no sueñas?, ¿acaso te quedaste sin palabras tiernas que ya no te puedo oír?.

Supongo que a veces deberíamos parar por tan solo un segundo y gritarle al mundo que aún estamos aquí, hacernos oír, que a veces nos quedamos dormidos pero que seguimos luchando, ya sabemos que nos llamaran locos, pero prefiero resurgir a estar entre desganas de muchos que no saben lo importante de las palabras, de no dejar nunca de soñar o simplemente lo que es vivir.




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