miércoles, 3 de febrero de 2016

Días raros.





Y va cayendo un día tras otro como hojas en otoño, va perdiéndose el recuerdo, las ganas de mirar hacia cualquiera de los lados intentando buscar la esencia aquella de la que llegamos a adueñarnos.
Siguen suicidándose las horas ante las miradas perdidas, ante la retorcida pereza de la mañana o la incertidumbre de las noches que ahora se mezclan con imposibles razones para dormir...
Vuelvo a permanecer inmóvil mientras gira el mundo, vuelvo a perderme entre las observaciones de unos y otros, entre palabras que poco me dicen, entre gestos que no llegan y en oscuras habitaciones donde el silencio se rompe con ruidos ajenos que nada tienen que ver conmigo.
Y van cayendo los días de este extraño invierno, uno en el que he empezado a dejar de pensarte, uno en el que ya no quedan palabras, donde la excusa no existe y donde ya no brotan las flores tras la ventana. Uno donde ni el frío aparece, quizás para hacerme más fácil el no echarte de menos entre unas gélidas sábanas.
Días raros... tan sólo son días raros, transiciones, paradas, el tiempo de espera entre estaciones que a veces se alarga pero que terminará una vez el tren se vuelva a poner en marcha.
Hoy miro a la gente dándose besos desde mi vagón, pareciera ir todo a cámara lenta, sonrisas, abrazos, carreras incluso de última hora y mi mano agitándose diciéndole a nadie un adiós.